sábado, 3 de septiembre de 2011

El Hijo del hombre, señor del sábado


Lucas 6, 1-5. Tiempo Ordinario. Lo importante es amar a Dios y su voluntad, con un corazón sencillo y verdadero.
Autor: María Cruz | Fuente: Catholic.net
Lucas 6, 1-5


Un sábado, Jesús atravesaba un sembrado; sus discípulos arrancaban y comían espigas desgranándolas con las manos. Algunos de los fariseos dijeron: ¿Por qué hacéis lo que no es lícito en sábado? Y Jesús les respondió: ¿Ni siquiera habéis leído lo que hizo David, cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios, y tomando los panes de la presencia, que no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes, comió él y dio a los que le acompañaban? Y les dijo: El Hijo del hombre es señor del sábado.


Reflexión


Jesús, caminando con los suyos, atraviesa un sembrado. Una jornada de normalidad en donde se dan cita el hambre, el cansancio y las preguntas sobre la Ley.

Comer las espigas en día de sábado suponía el esfuerzo de desgranarlas con las manos, y ese trabajo no estaba permitido hacer en sábado; por eso los celosos de la guarda de la Ley recriminan a los discípulos y se atreven a encararse con Jesús.

Si Jesús ha venido al mundo y se ha hecho uno entre los hombres es para decir al hombre que está salvado; que los mandamientos de “santificar las fiestas, no trabajar en sábado... son caminos por los que el hombre va a Dios, disposiciones que hacen encontrar al hombre la plenitud de su ser. La Ley por si misma no tiene sentido, es la pedagogía de Dios que ayuda al hombre a hacerse más humano y a la vez mas cercano a su fin.

Jesús es señor del sábado, está por encima de toda norma y quiere enseñar a los suyos que con un corazón libre todo es posible de realizar, porque lo importante es cumplir la voluntad de Dios con un corazón sencillo y verdadero. No podemos dejar que las cosas nos esclavicen, debemos usarlas para nuestra realización personal con la libertad de saber prescindir de ellas porque creemos que Dios es nuestro único todo, nuestra plenitud.

Petición

¡Oh Dios!, que has revelado al hombre el camino para ir a Ti, haz que a través de la vicisitudes de esta vida sepamos descubrir tu voluntad como el camino mas completo de vivir tus mandamientos.

viernes, 2 de septiembre de 2011

¿Cómo será mi muerte?



La muerte, maestra de vida III. Si vives bien, morirás bien; si vives mediocremente, morirás como un mediocre; si vives santamente, no lo dudes, morirás como un santo.
Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net


Comencemos por decir hoy que hay muertes preciosas. Es una muerte maravillosa la de quien puede decir en ese momento: “He cumplido mi misión”. Una muerte así es el comienzo de la vida verdadera. Es propiamente entonces cuando se nace. Por eso en el Martirologio, el libro donde se narra la vida de los santos y mártires, no se hace constar el día de su nacimiento, sino el de su muerte, como el verdadero día de su nacimiento, su “dies natalis”.

La muerte para los buenos brilla como una estrella de esperanza. Sus frutos son la paz, el descanso, la vida. Con esta paz y serenidad murió Juan XXIII: “¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor!.”, decía en su lecho de muerte. Un muchacho decía a la hora de su muerte: “¡Qué bueno ha sido Dios conmigo, por haberme concedido vivir 17 años!”; y moría ofreciendo su vida por sus padres y por los que lo habían formado.

Otro decía: “No sé por qué lloran”. Aquel joven moría pidiendo perdón a todos, incluso a su novia, pero la novia tuvo un gesto y unas palabras muy oportunas: “No tengo de qué perdonarte, y te lo digo delante del sacerdote, porque desde que te conocí soy más buena”. ¿Lo podrías decir tú de tu novio o de tu novia?

Preguntémonos ahora la cosa más importante: ¿Cómo será mi muerte? He aquí lo importante, no el cuándo sino el cómo voy a morir. Es decir, en qué disposiciones. Aunque no podemos fijar el día, el lugar, la forma externa de morir, sí podemos fijar el cómo. Podemos preverlo: se muere según se vive. Si se vive bien, lo normal es que se muera bien; si se vive mal, lo normal es que se muera mal, si Dios no pone remedio. Si vivo bien, con su ayuda moriré bien; si vivo mediocremente, moriré como un mediocre; si vives santamente, no lo dudes, morirás como un santo.

Si desde hoy te decides a ser un buen hombre, seguro que morirás como un buen hombre, y nunca te arrepentirás; pero, si dejas ese asunto para más adelante, lo dejas para nunca. No se puede improvisar la hora de la muerte. Los dos ladrones que iban a morir, estaban al lado del Redentor, pero sólo uno de los dos compañeros de suplicio de Jesús se convirtió.

Comenta San Agustín: “Hubo un buen ladrón, para que nadie desespere; pero sólo uno, para que nadie presuma y se confíe”. Hay que ser lógicos y aprovechar el tiempo. El que pasó, ya pasó, pero el que queda por delante hay que aprovecharlo con avaricia. Si muriera esta noche, ¿estaría preparado?; ¿tendría mis manos llenas, vacías o medio vacías? ¿Estaré preparado el día de mí muerte? Esta es la gran pregunta.

Podríamos terminar estas reflexiones con las palabras de un gran hombre, que todos los días medita sobre la muerte como maestra de vida: “Yo sé que toda la vida humana se gasta y se consume bien o mal, y no hay posible ahorro: los años son esos, y no más. Y la eternidad es lo que sigue a esta vida. Gastarnos por Dios y por amor a nuestros hermanos en Dios es lo razonable y seguro”

Según se vive, así se muere. Si esto es así: de los que viven santamente estamos seguros que morirán santamente. Pero de los que viven en pecado podemos estar seguros que morirán impenitentes

Los discípulos de Jesús y el ayuno


Lucas 5, 33-39. Tiempo Ordinario. De qué nos sirve ayunar, rezar mucho, si no está presente Cristo en nuestra vida diaria.
Autor: P . Clemente González | Fuente: Catholic.net
Lucas 5, 33-39


En aquel tiempo los escribas y fariseos le dijeron a Jesús: Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben. Jesús les dijo: ¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días. Les dijo también una parábola: Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los odres se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en odres nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: El añejo es el bueno.

Meditación

En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los cuarenta días pasados en el desierto, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). (Benedicto XVI, Mensaje del Santo Padre para la cuaresma 2009).


Reflexión


Todos deseamos momentos para estar con las personas o la persona que nos cae bien, que estimamos, que amamos. Entre amigos, el novio con la novia o entre esposos. Y cuando alguien viene a arrebatarnos esos momentos más los anhelamos y más deseamos que vengan.

A los apóstoles les sucede algo semejante en este evangelio porque los fariseos, no sabiendo ya por donde fastidiar, pretenden hacer ver a Jesús que los suyos no se comportan como los discípulos de Juan que ayunan y rezan mucho. Pero perfectamente podríamos haberles dicho a los fariseos aquella frase de san Agustín que dice: “teme a la gracia de Dios que pasa y no vuelve”. Y los apóstoles preferían disfrutar de la compañía del Mesías que ayunar y estar lejos de Él. O también les podríamos haber respondido con la misma frase que Jesús le dijo a la mujer de Betania: “Marta, Marta muchas cosas te preocupan pero una sola es importante y María ha elegido la mejor”, que fue la de sentarse a sus pies.

He aquí por tanto la clave de este evangelio, la presencia de Cristo en nuestra vida. De qué nos sirve ayunar, rezar mucho, hacer penitencia si a la hora de la hora no acompañamos a Cristo donde realmente está que es en la Eucaristía.

Estaríamos ayunando y rezando por deporte. Por ello, si hasta ahora nuestros rezos o ayunos son sin una presencia de Cristo dominical o más frecuente pensemos que estamos desaprovechando la verdadera gracia de Dios para nuestra alma, que es la de estar cerca de Él.

Petición

Señor, que aprenda a olvidarme de mí, para escucharte y entender Tu Voluntad. El ayuno no es sólo algo externo como lo veían los fariseos. El ayuno va al interior del hombre. Consiste en cumplir lo que Tú me pides y amarte con todo el corazón.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Eucaristía, cautivo de amor


Hay un Prisionero en una cárcel pequeña. El cautivo es Rey de reyes, Señor de señores. La cárcel menuda es el Sagrario
Autor: Antonio Orozco | Fuente: Arvo.net


Hay un Prisionero en una cárcel pequeña, El cautivo es Rey de reyes, Señor de señores. La cárcel menuda es el Sagrario: cárcel de amor es llamada (B. Josemaría Escrivá, Forja, 827), porque de amor es el delito. Siendo Dios, vino a ser hombre. Eterno, asumió el tiempo. Inmutable, quiso padecer. Omnipotente, quedó inerme sobre el heno de un pesebre de Belén. Todopoderoso, y fugitivo, cruzó desiertos de amor llenos de arena. Creador del Universo, trabajó con fatiga largos años en el taller de José. Inmenso, anduvo incansable, paso a paso, los caminos de Palestina. Gruesas gotas de sangre manaron de su piel hasta el suelo de Getsemaní. Se entregó porque quiso -quia ipse voluit- a una flagelación cruel, a la coronación de espinas, se abrazó a una cruz, y se dejó clavar en ella, entre dos ladrones y los insultos blasfemos de criaturas suyas. Todo sin necesidad, por puro amor, para redimir los pecados de todos y cada uno de los hombres y abrirles las puertas del Paraíso.

«Bajo las especies de pan y vino está Él, realmente presente con su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad. Así, juntándose un infinito amor, ¿qué había de conseguirse sino el mayor milagro y la mayor maravilla» (Juan Pablo II, Homilía, 9-VII-1980).

¿Puede decirse que es «justo» que estés ahí, Cristo, en tu cárcel, inerme, más aún que en Belén, que en Nazaret y el Calvario? Pues sí, digo que es justo, justísimo, porque nos has robado el corazón, y lo has hecho hasta con «alevosía». ¿Por qué te has excedido tanto en tu amor? ¿Por qué nos amas así, con esa locura increíble? ¿No bastaba una sola gota de tu Sangre para redimir mil millones de mundos? ¿No bastaba uno sólo de tus suspiros? ¿Acaso no era suficiente tu sola Encarnación en el seno virginal de María Santísima? ¿Por qué tanto dolor, por qué tanto tormento, por qué...?

¡Es justo, Señor, que ahora estés ahí, cautivo en tu pequeña cárcel oscura! ¡Nos has robado el corazón! Es justo, con esa justicia maravillosa que -en la sublime sencillez divina- se funde con el amor, la misericordia, la generosidad, la verdad, la libertad, la belleza, la armonía, la alegría... ¡Es justo que estés preso porque amas infinitamente, porque te has excedido, y todo exceso debe pagarse! Tú lo expías en el Sagrario.

Lo que no es justo en modo alguno es que yo me quede indiferente, o que te olvide y pase horas sin recordar tu amorosa cautividad. No es justo que pase un sólo día sin visitarte en el Sagrario, al menos una vez. No es justo que el Sagrario no sea el imán de mis pensamientos, palabras y obras. No es justo que, habiéndome robado Tú mi corazón, no esté donde está mi tesoro. Por eso renuevo ahora mi propósito de centrar entera mi vida en tu cárcel de amor. Y. siempre que pueda, aunque sean breves instantes, iré a visitarte, para decir: Adoro te devote, latens Deitas, te adoro con devoción Dios escondido (Himno Adoro te devote). Con una genuflexión pausada, iba a decir «solemne». Adoro tu presencia real -sub his figuris- bajo las apariencias del pan, donde no hay más pan que tu sustancia: tu Cuerpo, tu Sangre, tu Alma humana, tu Divinidad, con el Padre y el Espíritu Santo.

EL MILAGRO DE LOS MILAGROS

Aquí está el milagro de los milagros, misterio de fe que anuda en sí todos los misterios del Cristianismo (B. Josemaría, Conversaciones, n. 113): Dios Uno y Trino, la Encarnación del Verbo, la Redención de la humanidad, la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección, la glorificación eterna...

Tibi se cor meum totam subiicit: mi corazón se somete a Ti por entero, ¡es tuyo! ¡Me lo has robado!. Quia te contemplans totum deficit, contemplándote se rinde, pierde toda otra razón de su latir. No podría ser de otro modo, cuando se oye el eco de aquella canción:
Corazones partidos
yo no los quiero;
y si le doy el mío,
lo doy entero

Si Tú me das el tuyo entero, ¿qué podría hacer yo con el mío? Hoy, en la Misa, te me has dado todo. Ahora sólo cabe una palabra: ¡gracias! Aquí estoy para servirte; totus tuus ego sum!, soy enteramente tuyo.

Visus, tactus, gustus in te fallitur: la vista, el tacto, el gusto, no alcanzan a percibirte, pero me basta el oído para saber con absoluta certeza que estás ahí: «Esto es mi Cuerpo», «Esta es mi Sangre...» Nada hay más verdadero que tu palabra todopoderosa, capaz de realizar el milagro de los milagros.

En estas Visitas al Santísimo, quizá breves, siempre demasiado breves -es inevitable-, se enciende la fe, y con la fe, la esperanza y el amor. Creo y proclamo verdadera tu Humanidad Santísima y tu Divinidad inefable: ambo tamen credens atque confitens. Y con la fe encendida como el sol saliente de un limpio amanecer, peto quod petivit latro penitens: «He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: peto quod petivit latro penitens, y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido!» (B. Josemaría Escrivá, Via crucis, XII, 4).

¿Qué pidió aquel hombre de azarosa vida que moría en otra cruz junto a Cristo?: ¡acuérdate de mí cuando estés en tu Reino!. «Reconoció que él sí merecía aquél castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se abrió las puertas del Cielo» (Ibid.)

Con una palabra. También esto es «justo», Señor: si Tú me has robado el corazón, es justo que yo te robe el tuyo. ¡Es tan fácil!: «A Jesús le basta una sonrisa, una palabra, un gesto, un poco de amor para derramar copiosamente su gracia en el alma del amigo» (Ibid.). ¿Ves ahora mi corazón contrito, rendido, convertido, vertido hacia Ti con todas las fibras de su ser? Pues, ¡acuérdate de mí ahora que estás en tu Reino!. Yo te abro las puertas de mi pecho; Tú me abres las del tuyo inmenso, las puertas del Reino del Amor.

BELÉN

Esa pequeña cárcel de amor es también Belén, un Belén perenne. «Belén» significa «casa del pan». El Sagrario es lugar donde se guarda el Pan de la Palabra, el mismo Verbo de Dios, la Palabra única del Padre que nos habla del Amor. Es el pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad (cfr. CEC, n. 1331), que no de otra cosa se alimentan los Ángeles que del Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero.

En el Belén de nuestros templos se halla, para nutrir a los hombres, no sólo el Cuerpo y la Sangre redentores, sino también el Espíritu de Cristo que, desde el Sagrario, se difunde en nuestros corazones al hacer, como solemos, una comunión espiritual. Porque la Humanidad Santísima de Jesús es el verdadero Templo donde habita la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2, 9). Su alimento es la Voluntad del Padre, y el aire que respira es el Espíritu Santo. Por eso, al soplar, se difunde, en una incesante y siempre nueva Pentecostés, el Paráclito.

¿No se percibe siempre, dondequiera que estemos, como una brisa que desde el Sagrario más cercano viene a aliviar el esfuerzo de nuestro trabajo, que pone, si es el caso, dulcedumbre en el sacrificio, sosiego en el dolor, más gozo en la alegría de amar y saberse infinitamente amados por un Corazón de carne, como el nuestro, que palpita con vigor divino?

El Espíritu Santo, con su lazo de Amor, estrecha, une, funde nuestros corazones hasta poder exclamar: ¡ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí! (Cfr. Gal 2, 20). Es asombroso, el cristiano se endiosa, inmerso en lo Infinito, como canta el villancico de un clásico:

HOMBRE
Por más que esté dividido
Os hallo entero, mi Dios.

DIOS
Sí, amigo; que entre los dos
Nunca ha de haber pan partido.

HOMBRE
¿Qué igualdad se puede dar
Entre la nada y el todo?

DIOS
¿Queréis saber de qué modo?
Comiendo de este manjar.

HOMBRE
Luego, después que he comido,
¿Vengo por gracia a ser Dios?

DIOS
Sí, amigo, que entre los dos
Nunca ha de haber pan partido.

HOMBRE
¿A quién habrá que no asombre
Tan excesivo favor?

DIOS
Eso es lo que puede amor,
Haceros Dios, y a Mí hombre.

HOMBRE
¿Qué a tal alteza he venido,
Y a tanta bajeza Vos?

DIOS
Sí, amigo; que entre los dos
Nunca ha de haber pan partido

(Alonso de Ledesma)

¡Qué justo es, Dios mío, que estés en cárcel de amor! Desde ahora mismo compartiremos todo: corazón, pensamientos, afanes, trabajo, penas, alegrías, amores. El Sagrario será mi tesoro, mi Belén, mi Pentecostés... y mi Betania: espacio de encuentro, lugar de sosiego, donde se ama de veras a Jesús, con admiración, con respeto, con cariño; donde se escucha sin prejuicios su palabra y donde Jesús, en elocuente silencio, escucha. Incluso se atreve uno a «reprocharle» cariñosamente que no «haya llegada a tiempo» de curar a Lázaro: «Señor -dice María-, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Pero por nada del mundo se pierde la fe: «aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios te lo concederá»; «yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Y María, capaz de provocar en el corazón mezquino de todos los Judas, un escándalo mayúsculo, derrama el salario anual de un obrero, en su perfume de preciosa fragancia, a los pies de Jesús, y los enjuga con su cabellera hermosa. Y Lázaro -alma serena, corazón jugoso, mirada penetrante, llena de luz-, contempla, conversa con el Maestro, siente el orgullo de su sangre noble, generosa; pondera en silencio su honda amistad con el Maestro.

«Es verdad que a nuestro Sagrario le llamo siempre Betania... -Hazte amigo de los amigos del Maestro: Lázaro, Marta, María. Y después ya no me preguntarás por qué llama Betania a nuestro Sagrario» (Beato Josemaría, Camino, n. 422). Y andarás par el mundo «asaltando» Sagrarios (Ibid., 269 y 876); gozando al descubrir alguno nuevo «en tu camino habitual par las calles de la urbe» (Ibid., 270), y no dejarás nunca la Visita al Santísimo: «La Visita al Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor» (CEC, n. 1418). «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (Juan Pablo II). Así siempre «tendrás luces y ánimo para tu vida de cristiano». Y dirás a los Ángeles que, de algún modo, comparten nuestro mismo «Pan»: «Oh Espíritus Angélicos que custodiáis nuestros Tabernáculos, donde repose la prenda adorable de la Sagrada Eucaristía, defendedla de las profanaciones y conservadla a nuestro amor (Camino, 569)».

GRITO SILENCIOSO

El Sagrario es una llamada a entretenerse en conversación de fe, esperanza y amor con Quien ha dado y sigue dando su sangre por nosotros. Un grito silencioso: ¡Estoy aquí! ¡Venid los que andáis cansados, agobiados, descorazonados, que yo os aliviaré! ¡Venid también los que estáis contentos, que me gusta compartir vuestra alegría y llenarla, para que sea completa, más honda y duradera, más auténtica, más humana y más divina, que nadie os pueda arrebatar!

Para alcanzar la amistad creciente con Cristo es preciso ir purificando la mente y el corazón, porque Él es la pureza misma. La frecuencia en el Sacramento de la Penitencia es el gran medio purificador. Sin él, nuestra fe sería escasa; nuestra esperanza, incierta; nuestro amor, dudoso; nuestra obras torcidas. «No es solamente la Penitencia la que conduce a la Eucaristía, sino que también la Eucaristía lleva a la Penitencia. En efecto, cuando nos damos cuenta de Quien es el que recibimos en la Comunión eucarística, nace en nosotros casi espontáneamente un sentido de indignidad, junto con el dolor de nuestros pecados y con la necesidad interior de purificación» (Juan Pablo II, Dominicae Cenae, 24-II.1980, n. 7). Así conseguiremos que «brille todavía más la gloria y la fuerza de la Eucaristía» (Bula Incarnationis mysterium, n. 11)

Los apóstoles, testigos y enviados de Cristo


Lucas 5, 1-11. Tiempo Ordinario. Cristo va guiando con suavidad a sus hijos hacia la conversión.
Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net
Lucas 5, 1-11


En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a la orilla del lago Genesaret; y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: "Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar". Simón le respondió: "Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes". Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: "Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador". Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: "No temas. Desde ahora serás pescador de hombres". Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.


Meditación


Jesús, acaba de comenzar la predicación del Reino de Dios, cuando su mirada se dirige los pescadores, dedicados a su trabajo cotidiano. Echan las redes, las reparan. Pero les espera otra pesca. Jesús les llama con decisión y ellos le siguen con prontitud: a partir de ahora serán «pescadores de hombres» Lucas, muestra el camino de fe de los primeros discípulos, precisando que la invitación al seguimiento les llega después de haber escuchado la primera predicación de Jesús, y después de haber experimentado sus primeros signos prodigiosos. En particular, la pesca milagrosa constituye el contexto inmediato y ofrece el símbolo de la misión de pescadores de hombres que se les confío. El destino de estos «llamados», a partir de ahora, quedará íntimamente ligado al de Jesús. El apóstol es un enviado, pero antes aún es un «experto» de Jesús. (Benedicto XVI Ciudad del Vaticano, 22 marzo 2006)


Reflexión apostólica


Es sorprendente la suavidad con que Cristo va guiando a sus amigos hacia la conversión. En este pasaje, se nos cuenta cómo logró conquistar a Pedro.

El apóstol San Pedro, antes de conocer al Señor, era Simón el pescador. Un hombre recio, acostumbrado a la dura tarea de la pesca. Seguramente era uno de los más importantes del negocio y uno de los más respetados, debido a su carácter fuerte. Jesús se acercó a él, se subió a una de las barcas y le pidió que se alejara un poco para poder predicar a la muchedumbre. Pedro estaba pendiente del timón y de los remos, quizás sin escuchar las palabras del Señor.

Pero luego, Jesús le miró y le dijo que fuera mar adentro, a pescar. Simón se extrañó. ¿Pero cómo? ¿No sabe éste que yo soy un profesional? Si no he pescado nada durante la noche, ¿cómo voy a hacerlo a pleno día? Sin embargo, le dijo: Lo haré porque tú me lo pides.

Jesús esperaba estas palabras, esperaba un poco de humildad por parte de Pedro, el impetuoso. Fue entonces cuando se obró el milagro. “Y pescaron gran cantidad de peces”. Al ver lo sucedido, Pedro se olvidó de la pesca y cayó de rodillas ante Jesús.

El Señor sabía muy bien cómo ganárselo, con amabilidad, sin recriminaciones. Y luego le dijo: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres”.


Petición

Señor, te pido que me des la la humildad para hacer lo que Tú me pides. Que confíe en que Tú sabes el camino para mi salvación

miércoles, 31 de agosto de 2011

Dos tortolas ofrecidas en sacrificio


Se ofrecían en forma de sacrificio cuando se presentaba a Dios al hijo primogénito.
Autor: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org


La Redención tiene infinitas facetas para que nuestro corazón, en meditación, las descubra. Cuando rezamos el cuarto misterio gozoso del Santo Rosario, por ejemplo, meditamos la Presentación de Jesús en el templo. Y sabemos que allí recordamos la celebración de un rito que el pueblo judío heredó de las leyes de Moisés: se presentaba a Dios al hijo primogénito en el Templo, en forma de sacrificio. Y la costumbre de los humildes era presentar dos tórtolas como ofrenda. Cuando aquel día José y María ofrecieron a Jesús en el Templo se vivió un anticipo de lo que ocurriría luego: el Cordero de Dios iba a ser verdaderamente ofrecido en sacrificio, para la Salvación de toda la humanidad. Allí el anciano Simeón profetizó a María que su corazón iba a ser traspasado por una espada, por el destino de Cruz que su Hijo iba a enfrentar.

Aquí se esconde un gran misterio: se ofrecieron entonces dos tórtolas como símbolo de sacrificio a Dios. Ellas representaban a Jesús y también a María. Se ofreció en sacrificio al Redentor y a la Corredentora, juntos inseparablemente en la obra de la Salvación. Dios Padre recibió la ofrenda de Su propio Hijo y también la de la Criatura más perfecta, verdadera Arca que contuvo y dio su naturaleza humana al Salvador.

Las dos tórtolas ofrecidas en sacrificio en Jerusalén dos mil años atrás unieron indisolublemente a Madre e Hijo en la obra de la Salvación, frente a Dios Padre. Jesús murió física y místicamente por nosotros en la Cruz, pero su Madre lo siguió en todo momento, de tal modo que también sufrió místicamente la Pasión de su Hijo amado. Así, el misterio de la Redención va unido al de la Corredención de María.

El único y verdadero Salvador de la humanidad no quiso en ningún momento tener a Su Madre lejos de él: espiritualmente ellos siempre estuvieron unidos, como lo están ahora. Estos tiempos son importantes para recibir de nuestra Madre Celestial el consuelo y la guía para que lleguemos a su Hijo. Porque como dijo San Luis Grignion de Montfort: María es el camino más corto y seguro para llegar a Jesús.

¡Jesús y María, sean la Salvación del alma mía!

Curación de la suegra de Pedro


Lucas 4, 38-44. Tiempo Ordinario. Cristo te cura de las enfermedades del alma, siempre está atento...solo tienes que pedirlo.
Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net
Lucas 4, 38-44


En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella. Inclinándose sobre ella, conminó a la fiebre, y la fiebre la dejó; ella, levantándose al punto, se puso a servirles. A la puesta del sol, todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban; y, poniendo él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. Salían también demonios de muchos, gritando y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Pero Él, conminaba y no les permitía hablar, porque sabían que Él era el Cristo. Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario. La gente le andaba buscando y, llegando donde Él, trataban de retenerle para que no les dejara. Pero Él les dijo: También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado. E iba predicando por las sinagogas de Judea.


Reflexión


Es admirable el trabajo de los médicos. Nunca tienen un rato de descanso, porque allí donde van, aunque sea a una fiesta, todo el mundo se acerca para hablarles de sus padecimientos y enfermedades.

Así me imagino también a Jesús. No había llegado todavía a casa de su amigo Pedro cuando ya le piden un milagro. Y por la tarde vinieron a suplicarle que sanara a otros enfermos. Y al salir el sol le seguían buscando incluso en el desierto.

¡Qué grande es el Corazón de Cristo! Qué paciente, las veinticuatro horas del día, sin pedir nada a cambio. La Palabra ablanda cualquier corazón, aunque sea más duro que las piedras.. Le apasionaba su misión. Sabía que tenía que aprovechar los tres años de vida pública y no se permitió ni un momento de reposo.

Esto nos enseña a tomarnos en serio nuestra vida. El tiempo que Dios nos ha concedido no puede tirarse a la basura con entretenimientos estériles. Hay mucho que hacer, y algún día nos pedirán cuentas de lo que hayamos hecho. Seguro que tienes varias tareas pendientes que están esperando su momento. ¿Y cuando llegará? Quién sabe.

Es cuestión de organizarse bien, de tener el día programado para rendir al máximo, aun sacrificando el tiempo dedicado a la televisión. Debemos ser exigentes con el uso de las horas. No pueden desperdiciarse, porque nunca más volverán.

Primero es necesario establecer una jerarquía. ¿Qué es lo más importante para mí? No hay que descuidar el trabajo, ni la familia, ni los momentos para Dios, ni las actividades que enriquezcan a los que viven en la misma ciudad o país. Sepamos sacarle el jugo a la vida que Dios nos ha regalado.